Alcalá del júcar

Alcalá
del júcar

Está a punto de clavarse el mediodía, y una señal a la entrada del escarpado pueblo da la bienvenida al visitante.

En una terraza de un restaurante, resguardada por el Río Júcar, el dueño coloca las mesas y las sillas.

Calienta el sol y el aire puro no encuentra obstáculos para entrar en tromba en los pulmones. Al fondo se puede ver un robusto puente romano y asoman algunas figuras de turistas que encuadran las vistas con sus cámaras de fotos intentando abarcar lo imposible.

Dando un paseo, a la altura de la Iglesia, el camino se tuerce y deja ver un hermoso paisaje.

La cuesta hondonera te invita a pisar los escalones largos que conducen por pura gravedad a la altura del puente por donde, debajo, una pareja de patos se deja llevar.

Llegados a la playeta, el silencio apaciguador del paseo se pierde hacia los chillidos de algunos niños que se bañan y chapotean.

“Poco importa la indumentaria al salir cuando apenas hay ojos para juzgar. Ocurre que uno se vuelve imperturbable cuando abandona las consecuencias de la vida en la ciudad por el campo.”

Dando un paseo, a la altura de la Iglesia, el camino se tuerce y deja ver un hermoso paisaje.

La cuesta hondonera te invita a pisar los escalones largos que conducen por pura gravedad a la altura del puente por donde, debajo, una pareja de patos se deja llevar.

Llegados a la playeta, el silencio apaciguador del paseo se pierde hacia los chillidos de algunos niños que se bañan y chapotean.

“Poco importa la indumentaria al salir cuando apenas hay ojos para juzgar. Ocurre que uno se vuelve imperturbable cuando abandona las consecuencias de la vida en la ciudad por el campo.”

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